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Versos a la muerte

Coplas a las muerte del padre de Don Jorge Manrique

Por

Versos a la muerte

La muerte

Durero
Ahora puedo decir, por amarga experiencia propia: a pesar de que se compusieron hace más de quinientos años Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, sean probablemente la primera evocación estética de que uno sea capaz ante la constatación de “cómo se pasa la vida,/cómo se viene la muerte/ tan callando”. No puedo pensar ahora que sea el “sentir que corremos como el río de Heráclito” evidente en esos versos y que Borges le reconoce a la poesía de Manrique lo que obliga a su recuerdo. No quiero creer ahora que sea le reedición angustiante del fugit irreparabilis tempus virgiliano lo que le permite seguir teniendo vigencia.

Algo me hermana dolorosamente a esos versos, y no puedo argumentar semejanza alguna entre mi vida y la del autor como la causa de mi comunión con su sentir. Jorge Manrique es otro de los ilustres poetas militares de la tradición castellana, como antes que él lo fuera su tío abuelo el Marqués de Santillana. La mayor parte de sus estudiosos coinciden en que nació en 1440 y que pasó los más de sus días adultos hilando versos y blandiendo la espada hasta su muerte, en batalla por el trono de la Reina Isabel de Castilla, en 1449.

Las coplas a la muerte de su padre constituyen lo más célebre y perdurable de sus obras. El poemario, al que algunos le endilgan la imprecisa etiqueta de prereenacentista, participa en espíritu y tácticas compositivas de la Edad Media. Estilísticamente, se inscribe en la práctica medieval de la elegía funeraria, tomando como objeto, o pretexto, a “el maestre don Rodrigo/ Manrique, tan famoso/ y tan valiente” a quien en admirado éxtasis describe el poeta de la siguiente manera:


¡Qué amigo de sus amigos!

¡Qué señor para criados

y parientes!

¡Qué enemigo de enemigos!

¡Qué maestro de esforçados

y valientes!

¡Qué seso para discretos!

¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Qué benigno a los sujetos,

y a los bravos y dañosos,

un león!


A este elogio, que aún muchos verán o querrán ver aplicado a padres propios, presentes o idos, se suman comparaciones a grandes hombres del pasado latino y menciones a hechos de armas de la época del escritor. Estos elementos le atribuyen cierto aire anticuado a algunos poemas, pero no le restan actualidad al conjunto de coplas en tanto son una reflexión general, en lenguaje sencillo, sobre el arduo evento que es la muerte.

Tampoco le resta actualidad a Las coplas el extenso uso, manifiesto en los versos arriba transcritos, de las listas o inventarios. A la retórica de los monjes medievales, más empeñados en conocer que en convencer, se le atribuye el recurso de proponer una reflexión a partir de la acumulación de elementos ordenados. Jorge Manrique no pretende persuadir al posible lector de la dolorosa irreversibilidad de la muerte ni de las virtudes de su padre. Las enumeraciones le sirven para intentar descifrar el misterio de su ausencia.

Esta meditación en torno a la brevedad de la vida y la naturaleza de la muerte se evidencia más explícitamente en la primera parte de Las coplas a la muerte de su padre, que comprendería las catorce primeras coplas. La segunda parte, que abarca de la copla 15 a la 24, ahonda en el tema al presentar un inventario de grandes hombres que han sido e interrogar, retóricamente “di Muerte, ¿dó los escondes/ y traspones?”. En la tercera y última parte, a la que pertenece el ejemplo citado anteriormente, aparece por primera vez la mención de don Rodrigo y con ella se consigue, propiamente, la elegía.

Estilísticamente, las coplas se componen en sextillas octosílabas con versos repartidos en dos semiestrofas idénticas. Cada una de estas consiste de tres rimas consonantes correlativas, abc:abc y termina con un verso libre. Nos dice Tomás Navarro que semejante estructura, que se origina con Juan de Mena y se practicaba extensamente por diversos poetas de la segunda mitad del siglo XV, se denomina de manera general como “copla de Jorge Manrique”, por la popularidad de las que compusiera el autor.

En Las coplas a la muerte de su padre se compendian tópicos como la vida cual camino y/o río, el paso inexorable del tiempo, la vanidad de los bienes materiales y la muerte como gran igualadora. La copla 3 constituye un hermoso y acabado resumen de tal afán sintetizador y todavía hoy en día podemos con ella decir:


Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar

que es el morir:

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros, medianos

y más chicos,

allegados son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.


Ahora puedo decir, por amarga experiencia propia: es la sincera concisión que alcanzan estos versos al expresar la marca inefable de la muerte lo que hace que vuelvan a mi, en la misma medida en que antes volvieron a la admiración del público en el siglo XV, de los románticos Zorrilla y Espronceda en el XIX, de Darío y de Machado en el XX. En la misma medida en que, sospecho, volverán al dolor de aquellos que en lo venidero la vivan.

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